Como no hago nada de provecho más que deberes de cuarto de
primaria, me he dado cuenta de que las plantas son seres vivos que llevan a
cabo las mismas funciones que un ser humano, como comer, respirar y reproducirse.
La noticia me llenó de inquietud y me fui inmediatamente a la terraza con mi
silla de director de cine y mi libreta verde. Me senté delante de dos plantas y
me puse a observar la fotosíntesis. No pasaba nada, y al cabo de dos horas de laborioso pensar
deduje que era porque con mi cabeza tapaba el sol, que a su vez ya estaba
tapado por unas nubes muy gordas, y cuyos tímidos rayos no pegaban en las hojas
sino en mi hueso occipital. Y como no quería que nadie pensara que me había
pasado la mañana sin hacer nada, hice un dibujo de las plantas, con unas flechas
que salían de las hojas y con unas flechas que señalaban en dirección a las
hojas, como en los libros, y un cráneo con un interrogante sobre el mismo, y
dejé la libreta abierta encima del escritorio a ver si alguien se fijaba en mi
laborioso quehacer. Pero no fue objeto de atención por parte de nadie. No me
importa mucho, porque sé que los investigadores nunca hemos sido comprendidos
en nuestro tiempo. Sin embargo, y gracias a estas lineas fijadas en la red para la posteridad, no dudo de que la historia me juzgará con benevolencia.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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