Como no tengo nada que hacer en casa tantos y tantos días, me voy al bar a ver partidos de fútbol, aunque juegue el Real Madrid. Como soy muy lento andando, para cuando llego ya está todo ocupado, y aunque en Euskadi los hosteleros se han puesto las pilas y han llenado de pantallas todos los locales, me ponga donde me ponga, con la mierda de vista que tengo no distingo el balon del juez de linea. Por eso Papá Nöel me ha traido unas gafas con mira telescópica que venden en una óptica de la Gran Vía de Zaragoza y que son la caña. El aspecto que tengo con ellas es completamente ridículo, talmente Mortadelo, y la primera vez, al entrar al local con ellas puestas provoqué una carcajada general, pero después de que se han reído lo bastante, todos me las piden, y me miran a mí para que diga si ha sido mano o no. También me las pongo en casa para coser y para forrar libros, y mi hija me las ha pedido para el disfraz de Nochevieja. No se como he podido vivir sin ellas hasta hoy.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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