Inhabilitado como estaba por una dolencia física, mi hija se ocupaba de todo. Hasta de la comida. Una hora y media antes de comer, me preguntó, diligente, si no creía que ya era hora de ir poniendo el pollo. Le dije que sí. Y se puso manos a la obra. Le expliqué la temperatura del horno, y el proceso de encendido. Yo la oía subir y bajar, de la cocina a su cuarto, y pensaba qué bien, que no ha hecho falta decirle que al pollo hay que darle vueltas de vez en cuando, y echarle con una cuchara caldito por encima, lo que ha aprendido esta hija viendo hacer pollo a sus padres. Al cabo de media hora vino a decirme que el pollo le parecía un poco triste, así, sin patatas, que si le parecía bien que hiciera unas patatas fritas, a lo que le contesté que me parecía estupendo, que qué ricas unas patatas fritas para acompañar el pollo. Y al cabo de otra media hora me vino a preguntar si no creía conveniente meter ya el pollo en el horno, porque ella creía que ya estaba caliente, el horno. A lo que contesté que sí, que gracias, que qué rico el pollo asado para merendar.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
La intención es la que cuenta, aunque hay quien afirma que con la intención no basta.
ResponderEliminarCon la misma intención y sólo unas pocas preguntas concretas añadidas, se hubiera conseguido el pollo para comer.
Puesto que por tu dolencia no puedes andar ni correr mucho, tampoco el apetito será desmedido y bien se puede esperar unas horas más para agradecer la excelente disposición de tu hija.
Recuerdo que, siendo niña (unos doce años) mientras mi padre trabajaba y mi madre estaba en el hospital con mi hermana, decidí hacer nada menos que una tortilla de patata para que a su regreso a casa tuvieran la cena hecha.
ResponderEliminarRecuerdo también que mis padres se emocionaron al comprobar de lo que era capaz su hijita.
La tortilla, por su presencia, no desmerecía de una realizada por manos expertas: redondita, doradita, apetitosa a la vista... solo que, bueno, je je, yo no sabía que había que freir la patata antes de mezclarla con el huevo.
Cenamos otra cosa, claro.
A día de hoy creo que he hecho unas dos tortillas de patata en toda mi vida. Una fué aquella. A mi marido le salen genial.