Venia de la máquina de café, a la que llegué con el empujón que me dió
un médico residente, de ponerme el desayuno que se había llevado la
auxiliar, y me encontrré la habitación con el vecino y sus dos hermanos.
Parecían pacíficos, con sus bigotes y tal, pero uno me gritó ¿qué,
mejor?, como si supiera qué me habia pasado antes de ese momento, y
supusiera que había sido malo. Me asusté y derramé parte del café en mi
pijama verde camuflaje. Le dije que pues vaya, y él contestó bueno, poco
a poco. Me quedé un rato meditando en la profundidad de aquellos
pensamientos y resolví no volver a dirigir la palabra a ese par de
merluzos, pero fue imposible, porque tenían el marca entre manos e iban
comentando las noticias, como si alguien les hubiera chivado que soy del
Athletic, y tuviera que saberlo todo sobre la renovación de Llorente,
cosa que me importaba un pito en aquellos momentos, y en estos. Gracias a
Dios, la llegada de mi hermano me dió algo de tregua. Este venía con el
As, y entonces se enrolló con el vecino del bigote en temas como los
ligamentos cruzados de Pedrito, el del Barça, y los horarios de los
partidos para ganar el mercado chino y que no vaya nadie al campo. Como
ya lo aguanto todo, me transporté por encima del ruido de la
conversación al ruido acogedor y familiar de la A-8, y en su arrullo caí
dormido hasta la una de la tarde, momento en que la auxiliar me gritó
que a ver si tenía apetito, y sin esperar la respuesta, dejó unas
lentejas estofadas hirviendo y una pechuga de pollo fría sobre la
mesita. Y ahí te las compongas, bonito.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Comentarios
Publicar un comentario