Otra de las milongas que
jalonan mi relación con la clase médica en estos nueve meses de
entretenidas esperas es la de la resonancia magnética. Me hicieron esta
prueba el domingo 27 de marzo por la mañana, y el 7 de
septiembre, cinco meses y medio después, el neurocirujano dice que aquí
no se ve nada, y que a ver quién a hecho esta birria de informe. Esto
pasa después de que la
misma resonancia y el mismo informe los hayan visto tres médicos,
públicos y privados, incluido el que ahora no ve
nada, y no han dicho que aquí no se ve nada. Claro, como no veía nada,
preguntó a ver cuándo la habían hecho, y yo le dije que un domingo por
la
mañana, y entonces me contestó que los domingos por la mañana hacen
mejores resonancias magnéticas en una churrería. Esto me extrañó, porque
yo nunca he visto que en las churrerías hagan pruebas diagnósticas de
esta complejidad. Pasada la extrañeza, y vista la naturalidad de la
sentencia del médico me imaginé, porque este país es así, que al técnico
de rayos le tocaba los cojones trabajar aquel domingo, y en
consecuencia, hizo una mierda de trabajo, el cual, o tan mierda no era o
la mierda fue el trabajo de los otros, porque fue tomado por bueno
durante meses por todo el sistema sanitario.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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