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Conejo

Tengo que hacer pis. No hace ni tres horas que he salido del quirófano y la enfermera la ha puesto como tarea pendiente, que añado, semiinconsciente, al resto de las que ya tengo. Para facilitar el trabajo me alcanza un artilugio de plástico al que llama conejo. Esto es fácil, pienso, pero no. Descubro que si yo a mi cuerpo le digo haz, no hace, como hacía antes. Ni pis ni algunas otras cosas que intento, como sonarme la nariz. La enfermera se va diciendo que o meo o me sonda. Y como siempre que el ser humano ha evolucionado ha sido por necesidad o por miedo, yo empiezo a ver si sí. Y sigue siendo que no. Me dicen que pruebe apretando la vegiga, y yo la busco con las manos, por encima del vientre, cosa que no había hecho nunca antes. En vano. O es más pequeña de lo que yo pienso, o no está ahí, o tengo en mis venas más morfina de la que puedo soportar sin perder concentración. El caso es que paso un rato de duración indeterminada y pastosa y me encuentro otra vez en las mismas: el conejo, yo dentro del conejo y la morfina dentro de mí.  A ver si luego.

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