Tengo que hacer pis. No hace ni tres horas que he salido del
quirófano y la enfermera la ha puesto como tarea pendiente, que añado,
semiinconsciente, al resto de las que ya tengo. Para facilitar el trabajo me alcanza un artilugio de plástico al que llama conejo.
Esto es fácil, pienso, pero no. Descubro que si yo a mi cuerpo le digo
haz, no hace, como hacía antes. Ni pis ni algunas otras cosas que
intento, como sonarme la nariz. La enfermera se va diciendo que o meo o
me sonda. Y como siempre que el ser humano ha evolucionado ha sido por
necesidad o por miedo, yo empiezo a ver si sí. Y sigue siendo que no. Me
dicen que pruebe apretando la vegiga, y yo la busco con las manos, por
encima del vientre, cosa que no había hecho nunca antes. En vano. O es
más pequeña de lo que yo pienso, o no está ahí, o tengo en mis venas más
morfina de la que puedo soportar sin perder concentración. El caso es
que paso un rato de duración indeterminada y pastosa y me encuentro otra
vez en las mismas: el conejo, yo dentro del conejo y la morfina dentro
de mí. A ver si luego.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Qué divertidamente has transmitido esa sensación de impotencia.
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