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Pesado (y 3)

Como ya no le doy vueltas a las cosas en la cabeza, mis neuronas no saben a qué atenerse. Algunas están tomando el sol, o la fresca, o lo que se tome ahí adentro, o mirando las obras, que siempre hay, y más en un cerebro, o leyendo el periódico hasta el mediodía. Pero tanta neurona desocupada no puede ser bueno, y empiezan a darse las cosas que solo se dan cuando las neuronas hacen el vago: los rumores y las maledicencias. Que si a aquella enchufada la van a pasar al lóbulo frontal, que si siempre estamos con cambios, que aquí nadie explica nada, que si aquella es una trepa y mira dónde la han puesto, que si dicen que nos van a poner a todas a trabajar a turnos, que a ver por qué no se respeta la antigüedad, que a ver por qué no hay sitios para que estén las neuronas de quince años, que míralas haciendo botellón con el ADN a las siete de la tarde... Todo eso pasa por dentro. Por fuera soy una persona silenciosa. Y a decir de algunos, menos pesado que antes. Es que no ...

Pesado (2)

Cuando uno ha sido un pesado muchos años lleva tiempo cambiar, quitar automatismos y superar maneras de hacer las cosas que le son a uno como su propia piel. Yo estoy probando a dejar de dar vueltas a las cosas en la cabeza. Mi vida se está volviendo plana. Cosa que se me ocurre, cosa que digo, o que no digo, sin darle ni media vuelta en el cerebro. Decir, descartar, decir, descartar, y así todo el rato. Me siento tertuliano en estadio puro. De los de la tele a las cuatro de la tarde. Ahora se quejan de que soy un chisgarabís. En proceso, en todo caso, porque si un día se me ocurre decir algo que parece medio elaborado, por error, me vuelven a decir que siempre le doy demasiadas vueltas a las cosas en la cabeza. Y vuelta a empezar.

Pesado (1)

Como dicen que soy muy pesado, me he propuesto mirar, medir, pesar y sopesar las palabras que tengo intención de emitir. Estoy en periodo de pruebas. Trato de mirar más los vocablos que me vienen a la boca trasladados del cerebro, y antes de eso miro de arriba abajo a la persona a quien se los tengo intención de decir: su gesto, su rictus, qué palabra más fea, rictus, su mirada, y sobre todo si lleva tacones o marcapasos, corbata o manchas de nutella, que son los cuatro tipos de personas que conozco. También peso y sopeso las palabras, que no sé lo que es, sopesar, pero lo hago. Y las mido, como decían a los forasteros que había que hacer, en las películas del oeste. Y entonces voy probando, pero todo para dentro de mí mismo, si es mejor usar esa palabra, otra palabra, o ninguna palabra. A lo largo de todo este proceso permanezco en silencio. Un silencio grave y reconcentrado. En tensión y con los labios apretados, porque hay palabras que no se conforman con un no, y...

Se acabó la ambulancia

Hicimos un amigo invisible de despedida en la ambulancia. A mi me tocó Conchi la de Kabiezes, y yo le toqué al paralítico de las toñejas. Como ninguno tenemos cuerpo para ir a comprar chorradas, mandé al Xavi con diez euros a los chinos y vino con dos gatos de esos que mueven el brazo, dos tiras de espumillón azul, un estuche para meter pinturas, sin pinturas, y dos bombillas de vela de cuarenta watios. Después de entregarnos los regalos, y con la emoción bastante contenida, el conductor sacó de debajo del asiento una botella de Pedro Ximénez y unos vasos de plástico y brindamos por la vida y por la rehabilitación, qué risa.

Animalistas

Leí el día de año nuevo en un periódico de Arkansas que algunos se quejaban de que habían llovido pájaros debido al stress durante los fuegos artificiales de fin de año. Pues que se hubieran ido a dormir a la hora.

educación

A las personas, cuando te ven en silla de ruedas parado en una esquina leyendo o mirando al cielo a ver cómo se acerca una tormenta, les resultas familiar, o lastimero, no sabría cómo decirlo, y se sienten obligados a hacer algo, a cumplir con una norma de urbanidad. Como no saben el qué, suelen saludar.  Así, con un chasquido de lengua o con un ligerísimo movimiento de cabeza, o con un gruñido apenas audible. Y cuando les contestas bien alto diciendo buenos días, señor, se sobresaltan. Qué gracia, oye!

Laicismo agresivo

Pasando por Kueto en la ambulancia vimos a una señora salir del portal haciendo la señal de la cruz, pidiendo así el amparo divino frente a los peligros de la calle, y darse de la misma contra un señor muy grande que bajaba leyendo el periódico, con tan mala suerte que cayó de lado y se rompió la cadera. - Toma, por idiota, dijo Conchi, la de Kabiezes. A mi el comentario que pareció una de esas muestras de laicismo agresivo de las que tanto se queja Rouco, pero no dije nada, porque el entorno se llenó de una actividad que me dejó paralizados los vocablos y los músculos. El conductor bajó, metió a la señora en una camilla y en dos minutos estabamos de camino hacia el hospital con los lanzadestellos y las sirenas puestas, y Patro, la de San Juan, gritando como una loca que le pisara más. Nos pasa cada cosa...