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el padre del arbitro

Egunon "Yo soy el padre del árbitro", me dijo un señor en una de estas mañanas de sábado. "Vengo a verle porque tiene quince años, y a él no le anima nadie. Pita tres partidos de benjamines cada mañana de sábado, y falla en algunas jugadas, como vuestros hijos, supongo, que es lo que tiene el deporte. Yo le espero al acabar y le doy un beso en cuanto sale cambiado del vestuario. Me gusta que los demás padres vean que es un niño que hace deporte. A alguno hasta se le quitan las ganas de seguir insultándolo".

Estable dentro de la gravedad

Egunon. Siempre me ha llamado la atención que los médicos digan que alguien se encuentra estable dentro de la gravedad. Qué graciosos. Es como decir que está mal, pero igual de mal que ayer, y no peor. Es una mala noticia, porque el enfermo no mejora, pero diciendolo así, la noticia parece hasta buena, porque la estabilidad es una cosa muy buena. Los países necesitan estabilidad, la economía necesita estabilidad, las personas necesitamos estabilidad, el Athletic necesita estabilidad, los equilibristas necesitan estabilidad... Ahora que veo como hace las cosas el Gobierno de España voy entendiendo mejor el sentido que puede tener lo de estable dentro de la gravedad. Ministros estables dentro de la gravedad. Ministros inalterados e inalterables dentro del caos. Pirómanos con doce ocho de tensión mientras incendian y conceden entrevistas a la vez que se sacuden con las manos el fuego de sus trajes ignífugos: "sí, estoy incendiando estas plantas de aquí porque no pued...

Morirse a lo tonto

"Heriotzak ere ez du sekula kartarik erakusten" (la muerte nunca enseña las cartas), dice Uribe en esa novela tan especial que os he recomendando ni sé las veces ("Bilbao - Nueva York - Bilbao") Yo creo que es al revés, pero la realidad no. La realidad dice que la muerte permanece siempre agazapada detrás de nuestra estupidez. Prueba de ello es que Maria nadaba tan ricamente en un parque de Quebec con su traje de novia, pidiendo que le hicieran fotos, hasta que el traje se hizo tan pesado que la arrastró y la ahogó. El día de su boda, con 30 años. Maria se murió estúpidamente. Igual que Hanna Lundmark imaginó la muerte, como una calma súbita, inesperada, que aparece de ninguna parte, como el viento. Un traslado repentino al socaire.

Jueves indigestos

Venía oyendo la radio y me ha parecido escuchar el anuncio de un tanatorio que ofrece sus servicios a mascotas, garantizando así una despedida cariñosa, intima y personal, y que no tengamos que poner el gato muerto en el cubo de la basura orgánica, o donde se ponga. Y cuando he llegado a casa he puesto mi nombre en el buscador de Google, en imágenes, como hago todos los jueves, y ha aparecido mi foto junto a la de Elvis Presley, Bojan, Martínez - Camino y Pedrito de Campanet. Tengo que dejar la medicación.

tres mentiras seguidas

Se me cayó tinta de la pluma en la camisa blanca más bonita que tengo. Tres manchurrones más bien pequeños y a la altura del omoplato, que no sé cómo fueron a parar ahí. Y como estaban donde estaban, y con un jersey encima ni se notan, y si vas sin jersey, pues tampoco porque la gente te mira a la cara y no a la espalda, pues he seguido usando mi camisa blanca como si el incidente no hubiera tenido lugar. Pero el otro día, mientras tomábamos café en un receso de la reunión, va una chica muy observadora y me dice que tengo la camisa manchada. Yo pongo cara de sorprendido, primera mentira, y digo que dónde, segunda mentira, y ella me dice que aquí, señalando el omoplato, y yo le digo que vaya, no me había dado cuenta, tercera mentira, y que muchas gracias por avisarme. Y todo por no reconocer que yo soy así con mis cosas, que hasta las que no están bien las sigo usando porque yo las quiero, y porque llevar tres manchurrones negros en la camisa convierten a ésta en metáfora de la vida, en...

Digresiones fruto de la medicación excesiva

Del tiempo en que estuve enfermo me han quedado secuelas. Como la pertinaz costumbre de mi cerebro de adentrarse por los laberintos de la estulticia y perderse en divagaciones absurdas que no llevan a ningún lado, para desesperación de quienes conmigo viven y conversan, a veces. Lo último que he pensado es que no entiendo muy bien cómo es que en entornos formales me desenvuelvo con soltura, y en situaciones informales, igual que si me hubieran metido el palo de una escoba por la espalda. En los primeros me muestro como alguién hábil en el verbo e ingenioso en la chanza, hasta el punto que yo solito soy capaz de distender ambientes erizados y conducir a buen puerto negociaciones sinuosas. En los segundos me retraigo hasta desaparecer detrás de mi silencio, hasta el punto de que cuando, venciendo la timidez, hago algún comentario que he preparado concienzudamente, para no resbalar, ya se ha pasado el momento, y las personas me miran con ojos que van de la indiferencia amable a la compa...