No falla. Cada año, al día siguiente de terminar de colocar por las
calles del pueblo todos esos colgajos que sirven de adorno navideño, se
levanta un vendaval que termina con la mitad de ellos por los suelos.
Entonces, como no tengo nada que hacer, cojo mi cestita, meto la libreta
verde por si se me ocurre iniciar una investigación, y me voy por ahí a
recoger bombillas que no se hayan roto al caer, y me las llevo a casa
antes de que algún bestia las pise y las rompa. Con ellas compongo lo
que me sale: un calcetín de Papá Noel, una campana, una bola de Navidad,
una mula y un buey, no sé, y las cuelgo del árbol después de conectar
los cables a la red. Con la luz que dan mis adornos no hace falta
encender el resto del alumbrado doméstico en ningún momento del día. Eso
sí, cuando enciendo el horno se va la instalación eléctrica de toda la
manzana. Algo he hecho mal.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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