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La acera de enfrente

Mientras miraba por la ventana, hicieron una acera enfrente de mi casa, así que ahora estamos mejor, porque las cacas de los perros se reparten entre las dos, la de allá y la de acá, y así pisamos la mitad de mierda que antes. El resultado es, empero, una calzada metro y medio más estrecha, en la que sigue permitiéndose el aparcamiento. Por ella tiene que pasar el mismo camión de la basura, igual de ancho que siempre. Para hacer posible una maniobra que ya antes era trabajosa, ahora se monta en la acera del lado de mi casa, dos veces, una marcha atrás para coger los detritus y otra hacia adelante para irse con ellos. Esta operación, que tiene lugar cada día a las seis de la mañana, provoca unas vibraciones muy agradables en el inmueble, como si te estuvieran haciendo conquillas con un masajeador eléctrico. Pero, nada es perfecto, está teniendo sobre la acera un efecto demoledor: cada vez está más hundida. Como no tengo nada que hacer en la vida, me he comprado un calibre, y voy midiendo el hundimiento, que cifro en 0,001 mm diarios. Lo anoto en mi libreta verde, en unas hojas nuevas, para que no se confundan con los resultados de otras investigaciones. Para hacer más completo el estudio, llevo dos semanas saliendo en pijama a hacer las mediciones intermedias, es decir, cuando el camión ya ha pasado marcha atrás y está recogiendo la basura, y antes de que pase otra vez. En hoja aparte anoto los comentarios de los operarios al verme.

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