El autocierre es uno de los mejores inventos del último cuarto de siglo.
En mi casa no se usaban bolsas de basura, sino bolsas de El Corte
Inglés, hechas de un plástico tan resistente que nunca regalimaba por
ningún lado. Lo asqueroso era cerrarlas, porque en mi casa teníamos la
puta costumbre de llenarlas hasta arriba y luego no había forma de hacer
un nudo sin llenarse de mierda los dedos. Por eso nadie quería sacar la
basura. Bueno, por eso y porque eran cuatro pisos sin
ascensor. Digo todas estas sandeces porque como no hay forma de
encontrar nada divertido ni inteligente que hacer, alguna mañana que
otra aterrizo por el servicio de devoluciones y de atención al cliente
de Carrefour. A mirar. Esta mañana una señora ha recorrido los
kilómetros que le separan de su casa para devolver tres rollos de bolsas
de basura de esas con autocierre porque al cortar por la linea de
puntos, que es por donde se separan ahora las bolsas una de otra, te
llevabas por delante el autocierre de la siguiente. La devolución de los
tres rollos ascendía a un euro con cinco céntimos, que le fueron
abonados en su tarjeta VISA Gold, con la que los había pagado. Luego
entró al supermercado y se gastó su euro con cinco en otros tres rollos
de bolsas de basura, y se fue a su casa. A probar las bolsas, y a más
cosas, imagino.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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