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Un cuento de navidad

Sentaron a una señora en una silla giratoria del eroski, de las que usan las cajeras, porque estaba cansada, que había tenido que ir al banco a por el calendario, y al ambulatorio a curarse de sus heridas, una consecuencia de un trompazo que se dió y las otras de las hostias que te da la vida, pero estas no se curan aquí, señora, le decía la enfermera, y a mí que más me da, contestaba, y luego en el eroski, allí sentada en la silla de ruedas y con las paticas colgando molestaba a todo el mundo, a las que preparaban los pedidos, quien ha puesto aquí esta anciana, y a la gente que quería devolver el carro, señora, si quiere jugar súbase al cochecito ese de los críos, que cuesta un euro, pero no ande jodiendo por el medio, coño, que es Navidad y hay doscientas cosas que hacer para que todo el mundo esté contento. La mujer acabó en el frigorífico, entre unas sepias congeladas y unas gulas de Aguinaga, y nadie reparó en ella hasta que no acabaron de repartir, ¿esta mujer congelada con qué pedido va?, preguntaba el repartidor, y nadie dió razón.

Comentarios

  1. Me ha encantado tu cuento de Navidad, porque tiene un final feliz.

    Total, la pensión ya la tendría congelada, algo fría le dejaría el del Banco cuando le dijo que ya no quedaban calendarios y también daba la impresión de un corazón al fresco, por la falta de consideración de los que le rodeaban.

    Y acabaron congelándole las penas.

    Así me gusta. ¡Eso es espíritu navideño!

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