Me encontré con el coche en la Gran Vía esperando que el semáforo cambiara de color, y delante de mí estaban paradas dos peatonas guapísimas hablando animadamente con sus carpetas y sus bolsos y sus coletas. Pensé qué bien, una performance en directo, dos chicas aplastadas por el CO2 en plena urbe como si la cosa no fuera con ellas, pero no, eran dos palurdas obstaculizando el tráfico, sin más.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Comentarios
Publicar un comentario