Como quería ser solidario con Mikel, nada más llegar a Madrid me fui a cortar los pelos, en el ratito libre que tenía. Me hizo el arreglo un joven musulmán que se paraba a cada rato a mirar la tele. En una peluquería de caballeros de Villaverde con el suelo alfombrado de pelos de varias generaciones, y mierda por toneladas en los espejos y en los hules que cubrian cualquier espacio donde se pudiera depositar un algo. El muchacho tampoco daba conversación, y eso ya es un punto. Mientras pasaba la maquineta, miraba al televisor y mantenía con los protagonistas, o con los espíritus de sus antepasados, yo que sé, una conversación entrecortada de risas y de jaculatorias. Se había aprendido mi cabeza de memoria y no necesitaba mirar, más que de vez en cuando, o cuando notaba sangre en los dedillos, y para poner un apósito remojado en alcohol de 90. Buen rato no pasé, pero por seis euros...
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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