Cuando dentro de un rato entre Mikel en el quirófano, la anestesista no tendrá que decirle aquello de "piensa en algo bonito", hasta que la anestesia haga su efecto, sino que le preguntará a ver qué haces descojonao de la risa, si te vamos a operar, y Mikel le contestará que es porque se está imaginando a una señora que hacía la rehabilitación con su tío en Cruces por las mañanas. Antonia, se llamaba, la que se metía con gafas de ver en la piscina, y con un gorro de flores de plástico, que no debía haber visto un hombre en su vida y me decía aquello de "ven pa´cá guapetón, que te doy un achuchón", y yo me moría de vergüenza, y que, pese a tenerlo prohibido, decía "vamos a nadar un rato", y se ponía a hacer unos largos a krol, por llamarlo de alguna manera, pegando con los pinreles en el suelo, porque cubría por las rodillas, embutida en flotadores por arriba y por abajo, sacando los bracitos así, casí sin poder moverlos, cantando "soy la reina de los mares", entre las coñas de
los enfermos que concurríamos, y las broncas del fisioterapeuta que veía como
de un momento a otro se le iba a salir del sitio la columna vertebral.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Y que continúe habiendo muchas Antonias con sus gorros prodigiosos capaces llenar de sonrisas un quirófano.
ResponderEliminarAupa Mikel!!!