Siempre me ha llamado la atención el empeño de algunos calvos por dejar crecer mucho el pelo en aquellas partes de su cráneo en que todavía lo hace. El taxista que me llevó también. Sólo que los pelos le crecían en la parte frontal de la nariz, algo que no había visto nunca, y en las cejas, que peinaba hacia atrás y hacia arriba, como Quevedo los bigotes. Condujo como un bruto y diciendo palabrotas, pero llegamos en seguida. Y no se le movió un pelo, aún con la ventana bajada. Al menos que yo notara.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
¡Por Dios, por favor, por Thor y por Odín!
ResponderEliminar¡¡¡¡¡qué clase de individuo has descrito!!!!!!!
Luego se duda de dónde le acaba la cara a un calvo....
¡A éste le empieza la cara debajo de las cejas!
Hoy tengo pesadillas, seguro.