Terminado el periodo vacacional infantil, y al respirar la paz de la casa en esta mañana de mayo, con el único ruido del tic tic de los deditos en el teclado, y con la luz de la primavera llenándolo todo de verde y azul, llevo un rato notando un punto de saturación ambiental inexplicable. Como una angustia aquí que no acabo de entender. Busco el por qué, dejo de trabajar y me aplico a la contemplación. A la contemplación interior, para ver si era algo de las transaminasas o del alma. Y a la contemplación exterior, del paisaje de la casa. Y ahí encuentro la respuesta: mire donde mire, hay una foto de los niños. Sobre la mesa, sobre el piano, colgadas de la pared... Igual que Andy Whittaker, yo también pienso que estoy cayendo en una innecesaria duplicación, esto es, cada día, ahí están ellos, en carne y hueso, y luego, cuando se van, ahí están otra vez, encima de la mesa, o sobre el piano, o donde sea. Esto no puede ser bueno. Ni para las transaminasas ni para el alma. Así que se acabó.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
¡Serás padrazo....! Dremiadelamorhermoso!
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