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gracias, alcalde

No sé cómo agraceder al alcalde los esfuerzos que hace por mantener el pueblo despierto a la hora de estar despierto, que son las seis y media de la mañana. A esa hora el camión de la basura hace su paso por los depósitos soterrados, y los operarios los desoterran (¿se dice así?), sacan de ellos los contenedores uno a uno, los llevan junto al camión, que los levanta, los vacia, y los deja en el suelo para que el operario los vuelva a llevar al depósito, y acabada la faena con los tres contenedores, se soterra el conjunto. En ese rato se escapan de su encierro mil o tres mil mosquitos que hacen su trabajo metiéndose por la ventana y picándote en el culo, por si no te ha despertado el del camión. Luego viene el del contenedor del papel, que hace menos ruido pero nada despreciable, que prueba tú a tirar un fardo de periódicos desde un segundo piso, a ver qué pasa. Antes de las siete viene el del contenedor de vidrio, cuyo vaciado hace un ruido como el de una traca final de Caballer. Y por si todavía estás en la cama, pedazo de vago, en dos minutos aparece el operario de limpieza dotado de un soplador jugando con las hojas a ver cuál llega más lejos.

Y a las siete y cuarto todo el pueblo está en la calle, lavado, afeitado y cagándose en la madre que parió al alcalde.

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