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el tiempo del absurdo

Los días siguientes, en casa, transcurrieron de la manera más absurda que imaginarse pueda. Todos querían que hiciera más de lo que me daba el cuerpo, yo me iba cayendo por las esquinas de cansancio, dormía de lado para no apretar los puntos y lloraba a todas horas, porque todo me dolía igual que antes. Me refugié en la manos del Xavi, que cada noche me contaba los puntos: uno, dos , ...hasta nueve.

- todo bien, aita, duerme tranquilo.

Y así fui pasando el tiempo, a la espera del informe definitivo, en el que me citarían para la revisión. Cuando llegó, donde debía poner la fecha de la cita ponía "llame para pedir cita", y me la dieron, en lugar de para el mes comprometido, para el mes y medio.

- si, total, no va avanzar nada en quince días, me dijo la enfermera.

Le agradecí la franqueza, y me dispuse a pasar tres semanas insufribles con la mayor alegría posible. A estas alturas, y como ya me importa un pimiento todo, decidí explorar la parte más absurda de mi personalidad para encontrar en ella los recursos necesarios: qué prisa tienes que tener si nadie tiene prisa, adónde quieres ir si nadie te llama, por qué te agobia ser nadie para el sistema si solo eres algo para tres o cuatro. Entre eso y hacer cada día los deberes, fue llegado el tiempo de la cita.

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