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Lentejas con pollo

Venia de la máquina de café, a la que llegué con el empujón que me dió un médico residente, de ponerme el desayuno que se había llevado la auxiliar, y me encontrré la habitación con el vecino y sus dos hermanos. Parecían pacíficos, con sus bigotes y tal, pero uno me gritó ¿qué, mejor?, como si supiera qué me habia pasado antes de ese momento, y supusiera que había sido malo. Me asusté y derramé parte del café en mi pijama verde camuflaje. Le dije que pues vaya, y él contestó bueno, poco a poco. Me quedé un rato meditando en la profundidad de aquellos pensamientos y resolví no volver a dirigir la palabra a ese par de merluzos, pero fue imposible, porque tenían el marca entre manos e iban comentando las noticias, como si alguien les hubiera chivado que soy del Athletic, y tuviera que saberlo todo sobre la renovación de Llorente, cosa que me importaba un pito en aquellos momentos, y en estos. Gracias a Dios, la llegada de mi hermano me dió algo de tregua. Este venía con el As, y entonces se enrolló con el vecino del bigote en temas como los ligamentos cruzados de Pedrito, el del Barça, y los horarios de los partidos para ganar el mercado chino y que no vaya nadie al campo. Como ya lo aguanto todo, me transporté por encima del ruido de la conversación al ruido acogedor y familiar de la A-8, y en su arrullo caí dormido hasta la una de la tarde, momento en que la auxiliar me gritó que a ver si tenía apetito, y sin esperar la respuesta, dejó unas lentejas estofadas hirviendo y una pechuga de pollo fría sobre la mesita. Y ahí te las compongas, bonito.

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