Mi compañero de habitación no ronca. Eso ya es algo. Y tampoco habla,
conversaciones de esas tontas porque tocan, ya que estamos, y eso si que
es media vida. Pensé en proponerlo candidato al Conejo de Oro Cruces
2011. Pero tiene calor todo el rato. Por eso duerme encima de la cama y
con la ventana abierta de par en par. Cuando me pregunta si me molesta
le digo que no, porque no es cuestión de ir haciendo enemigos cuando
tienes que compartir con ellos el WC, pero me molesta mucho, porque
entra frío y porque entra ruido. Como estamos en el primer piso del
Hospital, a ocho metros escasos en linea recta de la autovía Bilbao -
Santander, es como si tuviéramos la habitación en la mediana. Y de esta
manera, no es que no puedas dormir, es que no puedes vivir, y se te
alteran los nervios hasta unos límites que no soportaría ni un profesor
de la ESO en San Blas.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Comentarios
Publicar un comentario