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obsesión por el orden

Antes embarcabas en diez minutos. Ahora, la obsesión por cargar ordenadamente los aviones hace que tardemos media hora. Primero las familias con niños, luego ancianas, luego los flacos, a continuación los donostiarras, que siempre cuesta un poco más colocarlos, después los pasajeros con asientos comprendidos entre la fila 15 y la 28, y luego el resto.

Una vez en el interior de la aeronave, la tripulación tampoco pone mucho de su parte para agilizar la faena, porque en su empeño de que quede bonito el conjunto van haciendo apaños aquí y allá diciendo a ver señora, sí, la gorda, cambiese usted de lado que vamos a volcar, y usted, el despeinado, que no pega nada junto a ese señor de bigote, pero si este señor es mí esposa, pues me da igual, no empecemos con disculpas tontas, póngase al lado, por ejemplo... si, de ese chico con tatuajes, y tú, el de las gafas de culo de vaso, pon esa maleta roja que tienes encima en medio de esas otras dos azules de enfrente, que va mejor con el color del maquillaje de la señora de debajo, pero si esa maleta roja no es mía, ni mía tampoco, a ver si no entorpecemos el ambarque, por favor, un poquito de colaboración, que no nos vamos a ir hasta mañana.

Luego salimos tarde y el comandante se disculpa con razones ajenas a su voluntad, como el tráfico árereo, cuando en realidad todoes consecuencia de esta obsesión enfermiza por el orden.

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