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Restaurante La Gola, playa de Pals

De pequeño, cuando íbamos al Romerijo, que es el cocedero de marisco más famoso del sur de la peninsula, mis padres me sacaban un capirote de calamares o de cazón en adobo, mientras ellos le daban a unos bueyes y a unas bocas.

Algo me quedó, y ahora, de mayor, nunca voy a una marisqueria. Más allá de un langostino pelado, no me manejo con soltura. No sé chupar sin hacer ruido, no sé por donde se cogen las partes duras de los animales, y no me sale proferir un oooh cuando llego a no sé que bocado escondido en medio de una articulación de una pata de una langosta.

Cuando me invitan y tengo que ir lo paso mal, aunque luego me sobrepongo, gracias a mis habilidades sociales, que son pocas pero bien aliñadas.

Sufro cuando preguntan si no me gusta chupar, que menuda pregunta. O cuando me dicen a ver si no me voy a comer eso. Eso suele ser algo que no sé cómo un ser humano dijo un día esto se come.

Pero agradezco enormemente que se me considere digno de formar parte del círculo de los normales.

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