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La playa

La playa, gustar, no me gusta. Pero a veces hay que hacer un esfuerzo, por los niños.

24 euros de nada por dos horas de mierda de arena y sol me salió la cosa.

Cuando llegas aparcas. Un poco sorprendido por poder hacerlo a veinte metros de la entrada a la playa, pero dando gracias a Dios de que todavía, a estas alturas de la historia, se pueda aparcar en algún sitio.

El primer golpe de mar se lleva las gafas de buceo de seis euros que llevaba (mal) puestas mi tierno infante. Y no las devuelve, el maricón. El segundo se lleva los ocho euros en monedas que llevaba en el bolsillo del bañador, para cuando, torrados de tanto sol, nos apeteciera un heladito. El tercero me da un revolcón que me deja la espalda rayada como un campo de Castilla en agosto. Al minuto siguiente los socorristas nos sacan a todos del agua porque hay resaca y corre peligro tu vida si te bañas.

Cuando voy a coger el coche para volver a casa no me doy cuenta de que tengo en el limpiaparabrisas una multa (10 euros) por aparcar sin pagar. Y cuando voy a parar para agarrarla se la lleva otro golpe, éste de viento.

Volví a casa cabreado y se debió notar, porque mi compañera me notó como rasposo en el trato.

- ¿Te ha pasado algo?, inquirió.

Y no supe qué decir sin confesar cinco veces mi estupidez: por dejar al niño bañarse con las gafas mal puestas delante de olas de dos metros, por bañarme con dinero en el bolsillo delante de olas de dos metros, por bañarme con olas de dos metros, por aparcar en zona de OTA sin pagar, y por perder el ticket de la multa.

Así que mentí:

- este bochorno, que me agota...

Y me dolió la conciencia, pero poco.

Comentarios

  1. Pues está claro que te va a gustar mucho menos todavía, porque además te afecta negativamente a la economía doméstica, al amor propio, a la supervivencia propia y filial, a la autoestima, a la fidelidad a los hechos históricos y a la honradez.

    ¡Ostras con la playa!

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