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La lágrima que se me fue



Lo malo de llegar a la final de un Campeonato del Mundo de Fútbol es que a algún comentarista del programa más escuchado de la radio española se le va la pinza y llama sinvergüenza y cobarde al árbitro.

Lo peor de ganar este Campeonato Mundial de Fútbol es que luego lo pasan todo por la tele. A mí me da mucha vergüenza ver cuando entrevistan a uno que se están bañando en una fuente de su pueblo, o a un futbolista, o a su madre, o a un trabajador del aeropuerto de Barajas. Todos dicen las mismas cosas, que es lo más grande que les ha pasado, que viva su país, que no tienen palabras (pero no callan). Ver a algunos da más vergüenza aún porque van disfrazados, ya han bebido un poco y gritan mucho.

Lo bueno de ganar este Campeonato Mundial de Fútbol es que, cuando quitas todo lo anterior, aparece un señor de 59 años con bigote del que yo he aprendido cuatro cosas: que cuando sucedes en un puesto a alguien que lo ha hecho bien no es necesario empeñarse en cambiar. Que un lider impone su autoridad sin gritar ni decir cosas altisonantes. Que las personas son importantes, pero que hay que trabajar en equipo para conseguir hacer realidad los sueños. Cuando en el próximo curso me digan que algo es imposible, contestaré acordandome de Vicente Del Bosque: amigo, si España ha sido Campeón del Mundo de fútbol...

Y he aprendido que el fútbol es un deporte y que el deporte, además de una cosa que sirve para tomar cervezas con los amigos, es un medio para educar: que no vale todo, que hay que respetar a los rivales y al árbitro y que hay que disfrutar jugando.

Y lo mejor de lo mejor de este Campeonato fue ver el Soccer City a oscuras iluminado como si fuera de día por la sonrisa blanca del negro de 93 años que iluminó la lucha por la dignidad en el siglo que se fue: Nelson Mandela.

Esa fue la lágrima que se me fue a mí.

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