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Hablando de ropa

 

Egun on, MIkel.

Tienes razón en lo de las chanclas, y lo apunto para tratarlo en una próxima digresión, pero, hablando de ropa, yo creo que cada edad tiene su manera propia de vestir. Y que cualquier otra le es impropia. Lo digo sin rigideces y sin formalismos. La amplísima variedad que se ofrece en las tiendas ya da como para no tener que vestir con cincuenta como si se tuvieran veinte.

Hay un momento de la vida en el cual determinadas partes del cuerpo deben permanecer ocultas a la vista de los demás. De esto no tengo ninguna duda. Por ejemplo, las piernas, en todo lo que ellas comprenden, desde el tobillo hasta la ingle. También la barriga, en un radio de un metro y medio desde el ombligo. O los brazos, desde la muñeca hasta el hombro. A partir de los cuarenta y pico eso ya no se enseña a nadie. Ni a uno mismo, si no es para lavar. La profusión capilar, cuando se da, convierte esas partes de algunos cuerpos en espectáculos especialmente repulsivos y deleznables.

Así, y en mi opinión, caminar por la vía pública con pantalones cortos de vestir y camisa a cuadros de manga corta, es decir, pasearse enseñando más de lo que se vela, a partir de una determinada edad, debería ser severamente multado. Y la sanción debería ser aún mayor, llegando a la reprimenda pública o reclusión inmediata del individuo en algún lugar en el que no pueda ser visto o se le obligue a cambiar de indumentaria, si concurrieren las agravantes de colgantes o pulseras de oro o plata, sandalias de estilo franciscano sin ser franciscanas o bolso en bandolera.

Somos la imagen que damos, y poco más, que el interior no está a la vista de los otros, y por muy bello que sea, por mucho que uno lo cultive leyendo a Auster, contemplando Sorollas o escuchando impromptus de Chopin, no excusa del cuidado debido al exterior que mostramos.

Así que por favor.

Comentarios

  1. Habrá que considerar excepciones, a ver cómo entras si no, en una playa nudista o en los baños turcos...pero te he entendido.
    Que conste que estoy contigo en que, entre la exibición y la estética se puede encontrar un término medio.
    Pero también cuesta ver un exterior correcto, incluso impecable, que viste pensamientos y hechos no a la altura.

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