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Miradme con buenos ojos.

Egun on, Mikel.

Mi natural despacioso, lento para algunos, parsimonioso para algunos más y desesperante para la mayoría, que hace del despiste la piedra angular, irónico casi siempre, sobre todo desde que Javier Cercas me reveló que la ironía es una forma de conocimiento tan útil como la ciencia, me ha conducido al desastre en innumerables ocasiones, cuando no a la incomprensión y al desprecio, como aquella vez en la que entregué, en el transcurso de un partido de fútbol, al robusto caballero que llamó hijo de la gran puta a mi hijo por un agarrón absolutamente necesario, falta técnica se llama ahora, justamente sancionado con amarilla por la colegiada, que es lo que tiene jugar de medio centro, que te desbordan, encaran, y tienes que enfrentar la disyuntiva, o lo derribo o el entrenador me derriba a mí de una torta en cuanto lleguemos al vestuario, pues bien, al fornido padre de familia le entregué, vista su ofuscación, y con la mejor de mis sonrisas, una tarjeta de visita de un médico especialista en oclusiones intestinales que guardaba desde cuando estuve seis días sin ir a mayores. Y se enfadó más de lo que estaba, a ver quién entiende a la gente.

En otras ocasiones, pocas, esa manera de ser me reporta algunos beneficios, que me incentivan a seguir siendo como soy y a no recurrir a especialistas en modificación de conducta ni a coaches, que también modifican la conducta pero hablando a tu mente en lugar de a tus oídos. Como aquel día que fuí con diez minutos de adelanto a una entrevista con el padre de una alumna de 3º de la ESO, Azucena Flores Rojas, por más señas, y deposité el casco sobre la mesa, ocupando un espacio impropio, tal era mi dejadez en cuanto a la preparación del lugar en el que el intercambio de pareceres iba a tener lugar, y entrando el individuo, al que imaginaba furioso porque en la notita que me habían pasado desde recepción habían subrayado en rojo la palabra denuncia en el epígrafe asunto, me preguntó si era motero, y le dije que sí, y que a ver qué moto tenía. pues una Aprilia, y yo también ando en moto, y qué moto tienes, pues una Kawasaki 900, madre mía, qué pepino, y así media hora, que si los centímetros cúbicos, que si las marchas moteras, que si lo cabrones que son los camioneros, y al final le pregunté, bueno, y a qué querías, y me dijo que bah, que no tenía importancia, y se fue por donde había venido. 

Así que miradme con buenos ojos. Y con tiempo.


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