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Compartir la mesa en Navidad

Vaya vacaciones más accidentadas. Una noche mi tia Inés se atragantó con la espina de un bacalao al pil pil. No lo notamos hasta que llevaba diez minutos sin hablar, ella, que no calla ni debajo del agua. Cuando la miramos, su piel estaba morada y boqueaba buscando el aire que no tenía. Mi hermano le dió un golpe en la espalda que le sacó la espina y la dentadura. Y que a los demás nos dejó en estado de shock porque pensamos que la había matado. Otro día, mi mujer, sin que nadie le diera un golpe en la espalda, se desplomó sobre unos espaguettis bolognesa, perdiendo en el acto la conciencia y poniéndose perdida de tomate. Terminamos en urgencias, en donde se personó con la cuenta el dueño del restaurante, en un acto de delicadeza extrema que en el momento, agobiado como estaba, no supe valorar en su justa medida.

Ahora valoro más comer sólo, aunque sea un bocadillo.

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El ser humano en busca de la infelicidad

Egun on, Mikel Ya sé que ya estás trabajando, pero eso no te excusa de leer filosofía.  En 1670, Pascal escribió que  "la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación." Yo pienso en ello a menudo. Lo hago cada vez que salgo a la carretera y veo la A-8 colapsada en dirección a Castro, Laredo y Noja, que son tres sitios donde los vizcaínos insatisfechos con su vizcainidad buscan compensaciones de algún tipo. Pienso en ello, también, y me recorre un escalofrío el espinazo, cuando la AP-7 me enseña Benidorm, y cuando veo imágenes de humanos venidos de los lugares más remotos, venidos incluso de Bilbao, porfiando a las siete de la mañana por un metro cuadrado de arena de playa en el que poner la toalla para juntarse durante horas con miles de personas semidesnudas que van y vienen e incordian y se alivian en el tiempo del baño, contribuyendo así de manera notable a la par que asquerosa al recalentamiento del ya recalentado Med...

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