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el tiempo

Los norteamericanos, cuyas universidades siempre tienen algo interesante que investigar, han ideado un sistema para valorar qué hacen. Sí, qué hacen. Que hace un americano en un día: 8 horas y 23 minutos de sueño. 1 hora y 12 minutos de comida. 4 horas y 24 minutos de trabajo. 2 horas y 31 minutos viendo la televisión. 2 horas y 9 minutos de ocio y deporte. Una hora y 41 minutos en tareas de la casa. 49 minutos de cuidado personal. 43 minutos de compras. 32 minutos cuidando de otros miembros de la familia. 11 minutos al teléfono o respondiendo emails.

Se trata de un chip que se instala en el lóbulo de la oreja, como un pendiente, y que ya he comprado para mis hijos.

Ahora parecen modernillos, pero son sólo un experimento científico de su padre.

Los primeros resultados han sido malos. Y ahora trato de rebajar las seis horas y doce minutos que la mayor se pasa delante del espejo de su cuarto probándose ropa, las cinco y cuarenta y cinco que el mediano pasa delante de Disney Channel y las nueve y diecisiete que en vacaciones pasa el pequeño rompiendo pantalones, dos al día, en el patio de la escuela.

Y tratando de aumentar los dieciséis minutos que dice mi chip que dedico al control de mis hijos.

A ver si ahora que me operan me arreglan estos y otros defectos que encuentren en mi interior.

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Agur, Miguel

Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Se me va poblando el cielo de rostros y corazones, se va volviendo mi hogar, llenándoseme de nombres. No es ya un extraño país lejano en el horizonte, es cita donde me aguardan pupilas que me conocen, labios que me dieron besos, pieles que llevan mis roces. Se me va poblando el cielo de rostros y corazones, de gestos ya conocidos de amor, de abrazos que acogen, en los que revivir puedo amadas palpitaciones, y tantos y tantos sueños que aguardan consumaciones. Se me va poblando el cielo de rostros y corazones: me gusta saber que Dios prepara para los hombres Paraísos que permiten recuperar los adioses. Allí se me van llegando uno a uno mis amores, con besos hoy silenciosos que tendrán resurrecciones. Se me va poblando el cielo de rostros y corazones, se va volviendo mi hogar, llenándoseme de nombres.

un regalo original

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