Después de ver salir a su marido por un agujero negro de la historia, y a su hijo marchar por esos caminos de Dios diciendo que se iba a trabajar en no sé que cosas del Reino, más pobre de lo que había sido nunca, sola entre cuatro paredes, María se preguntaba, una vez más, qué fue del oro que les regalaron aquellos señores, cuando el nacimiento de Jesús.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
De seguro, se le iría en alguna herramienta para José, en equipar con algunos enseres al "quijote" de su hijo, para el incomprensible camino que iniciaba... En estar ahí, medio entendiendo, como cualquier mujer; como cualquier madre.
ResponderEliminarY aunque el agujero negro, en ocasiones, parece haberse tragado algo más que al marido, en otras cabe decir:
El dejar hacer de aquella discreta mujer ha merecido la pena.
Si a la familia de Dios les fue así, estaba claro lo que nos quedaba por vivir en lo cotidiano a los humanos de a pié.
ResponderEliminar