Tengo tanta prisa que nunca me detengo a hacer cosas inútiles, de las que verdaderamente merecen la pena. Y así me va. Anoche, cuando me enteré de que Mikel iba a estrenar sus gafas viendo las lágrimas de San Lorenzo, yo también me tumbé boca arriba con mis gafas a mirar el cielo, y me dí cuenta de que eso tan poético de contemplar las estrellas y sentirse pequeñito ante tanta inmensidad no lo había hecho nunca. Mis sensaciones fueron por el lado inverso al que cabía esperar, como ocurre casi siempre. Primero sentí frío en los pies, que llevaba al aire. Luego me detuve a contemplar que los aviones pasaban con una cadencia de dos minutos. Luego sentí humedad en la espalda y acabé agobiado de espantar una mosca que había confundido mi cabeza con un aeródromo de moscas. De estrellas no miré muchas, porque no sé abstraerme del mundo que me rodea.
Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
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