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Orden

Una de las experiencias más sorprendentes del año es cuando me pongo a ordenar el cuarto de mis hijos, acabado el curso.

Este año tres hallazgos llamaron mi atención por encima de los otros treinta. El primero fue un bocadillo en avanzado estado de descomposición que se alojaba detrás de la caja del microscopio (si dentro hay un microscopio, lo ignoro). Que era bocadillo saltaba a la vista, porque en mi casa no envolvemos otra cosa en papel de plata, aunque con mis hijos nunca se sabe. Y que se descomponía lo decubrí porque los seres vivos que lo habitaban habían empezado a comerse el albal, no vayáis a pensar que tuve la osadía de abrir el papel de plata de un bocata que llevaría allí ni sé los meses, para ver de qué era.

Otro fue un diario que mi hijo escondía en una caja de galletas con migas, y que empecé a leer con absoluta indiscreción por donde decía querido diario y no se qué de una novia y no quise leer más, por rubor. No sabía que escribiera nada, qué ilusión.

Y el tercero fue una lata de anchoas que alguien había intentado abrir sin ninguna pericia, clavando la anilla de la tapa y perdiéndola luego. A través del orificio practicado ví que dentro se movía algo.

Pero no quiese investigar más.

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