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Hola buenos días

Como últimamente voy mucho al médico me he empezado a fijar en tonterías. Y a hacerlas en público.

Por ejemplo, suele pasar que en una sala de espera atestada y silenciosa entra una persona educada y dice bajito, como para el cuello de su camisa, bss dsss, dirigido al conjunto de esperantes. Entonces voy yo y le contesto, en voz alta, clara y cantarina, hola buenos días, y se sobresalta todo el mundo, empezando por el educado saludante, que no se lo espera, y se pregunta esto a qué viene, y siguiendo por los demás, que empiezan a decir qué pasa, me han llamado ya, por qué número van, qué pesaos la hora que es ya, y cosas así.

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Agur, Miguel

Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.

Declaración de intenciones

Las lágrimas se guardan para los entierros, y la vida hay que buscarla allí donde lo dejan a uno. En una casa buena de Cádiz o en el infierno. Donde sea, donde se pueda El asedio, de Arturo Pérez Reverte Esta es la sabiduría de Felipe Mojarra, salinero, de la Isla, de barro hasta las rodillas y que pelea contra el francés, en el año de 1811, en la Bahía de Cádiz, sin saber por qué. Y esa es la que buscaré compartir con vosotros cada mañana desde este rinconcito de la red. ¡Qué gusto volver a escribir!