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Feliz Navidad

Egunon Mikel,

como se acerca la nochebuena, te voy a contar un cuento de Navidad.

Está la mesa preparada. Mantel de hilo, blanco blanquísimo, platos de porcelana, copas de cristal de bohemia, familia vestida con camisas de domingo, trajes y corbatas de seda. Y yo me acerco a la escena cuando todos están ya sentados, impactando mi cabeza, no me preguntes por qué, contra una estantería que hay suspendida sobre la mesa. No me preguntes ni por qué impactó ni por qué hay una estantería sobre la mesa.



El impacto es tan brutal que la estantería queda temblando, y mientras me retuerzo de dolor, de ella cae una botella de dos litros de aceite de oliva virgen extra, que al chocar contra la mesa se hace pedazos, y destroza en su caída tres platos y seis copas, deja la mantelería perdida, el pavo trufado, pero de cristales, y salpica la ropa de seis comensales, el suelo, las paredes, las sillas, la tapicería de las sillas y al pobre perro que andaba por ahí.

Se hace el silencio.

Escucho una voz:

- ¿Pero qué has hecho?

A esa voz le sigue otras: qué asco, mira como me he puesto, hay aceite por todos lados, y cristales.

La cena está caliente y hay que cenar, y se cena.

Tampoco preguntes cómo.

No hubo efectos colaterales. Todos fueron efectos frontales y están descritos aquí.

Feliz Navidad

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Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.
Se me va poblando el cielo de rostros y corazones, se va volviendo mi hogar, llenándoseme de nombres. No es ya un extraño país lejano en el horizonte, es cita donde me aguardan pupilas que me conocen, labios que me dieron besos, pieles que llevan mis roces. Se me va poblando el cielo de rostros y corazones, de gestos ya conocidos de amor, de abrazos que acogen, en los que revivir puedo amadas palpitaciones, y tantos y tantos sueños que aguardan consumaciones. Se me va poblando el cielo de rostros y corazones: me gusta saber que Dios prepara para los hombres Paraísos que permiten recuperar los adioses. Allí se me van llegando uno a uno mis amores, con besos hoy silenciosos que tendrán resurrecciones. Se me va poblando el cielo de rostros y corazones, se va volviendo mi hogar, llenándoseme de nombres.

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