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Ana

Egunon Mikel

el domingo pasado viví una de las emociones más intensas de mi vida (de mi vida de últimamente, porque de la otra se me van olvidando cosas, y sensaciones).

Estaba en la calle viendo cómo a 10 metros de mí Ana se despedía de las niñas a las que ha entrenado estos años. Y de sus aitas y amas.

¡Cuánto la quieren!



Durante cada entrenamiento, hora tras hora, exigió esfuerzo, trabajo, disciplina, rigor, y todas esas cosas que parecen sacadas de libros de pedagogía antigua. Enseñó a pensar en el equipo, a sacrificarse por el equipo, a querer al equipo. Habló con todas y habló con cada una. Habló de lo que se hace en la piscina y de lo que se hace fuera de la piscina. Y lo hizo destilando (destilar se hace gota a gota) cariño en cada palabra y en cada silencio.

Yo la vi llegar exhausta a casa cada noche, como solo les pasa a los que, además de dejarse la piel en el trabajo, dejan también el alma.

Ese cariño lo recibió de vuelta, y ahora es el tesoro con el que viaja, y que reparte, hoy en Lesvos, mañana en Nicaragua y pasado en Tarragona.

¡Qué suerte tenemos de que sea nuestra, Mikel, y de que quiera ser de tantos, de que quiera a tantos, y de que la quieran tantos!

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