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defensa de la palabrota

Egunon Mikel:

El otro día me pillaron delante de un parquímetro cagándome en todos sus muertos y en la puta que lo echó, al parquímetro. El jodido no me daba el ticket y se quedaba con el euro. La persona que me vio tenía una imagen de mí que no concordaba con lo que estaba viendo, y de inmediato, bajé del pedestal en el que me tenía subido y pasé a ser para ella un ser humano común, del grupo de los maleducados.

No soy el único perjudicado por los juicios ajenos. El otro día, en Pina, Pedro Sánchez dijo coño y Mariano Rajoy dijo que sobreactuaba.

Ni la persona que me vio jurando en la calle ni Mariano Rajoy han descubierto aún lo liberador de la palabrota, y su poder para aportar significados a un mundo en el que no hay más que significantes. Fíjate en Cristiano, todo lo que llevaba tragándose desde que no da una a derechas, y cómo ayer, nada más meter el primer gol, se cagó hasta el el último socio del Madrid, el pobre.

Tampoco han descubierto, ni el testigo de mis exabruptos ni Rajoy, que la palabrota es, muchas veces, el único recurso que tenemos para dar a la frase la redondez que necesita para ser, precisamente, una frase. ¿Qué es más redondo, decir a tu hijo de diecisiete años el domingo a las tres de la mañana uy qué tarde se te ha hecho, o de dónde coño vienes a estas horas?

No es que esté intentando maleducarte, Dios me libre, pero a mí un par de palabrotas bien administradas me quitan mucho estrés.


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