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el padre del arbitro

Egunon

"Yo soy el padre del árbitro", me dijo un señor en una de estas mañanas de sábado. "Vengo a verle porque tiene quince años, y a él no le anima nadie. Pita tres partidos de benjamines cada mañana de sábado, y falla en algunas jugadas, como vuestros hijos, supongo, que es lo que tiene el deporte. Yo le espero al acabar y le doy un beso en cuanto sale cambiado del vestuario. Me gusta que los demás padres vean que es un niño que hace deporte. A alguno hasta se le quitan las ganas de seguir insultándolo".

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Miguel Salaverría era un hombre bueno. Sirvió a los hombres y a los niños con las cosas de Dios. Cuando se ocupó de las obras de la Catedral de Bilbao, dejó grabado en un capitel el escudo del Athletic. No vaya ser que te traspongas en el rezo y te pienses que estás en Notre Dame de París, o en Chartres. Le escuché hablar de la muerte muchas veces, así que seguro que se preparó para cuando llegara. Quiero creer esperó a que acabara el partido de anoche en Alemania para entrar en el cielo sacando pecho, y que a estas alturas habrá vendido más camisetas rojiblancas entre los santos que Messi entre los chinos. Descansa en paz, amigo de los niños y de Dios.

Declaración de intenciones

Las lágrimas se guardan para los entierros, y la vida hay que buscarla allí donde lo dejan a uno. En una casa buena de Cádiz o en el infierno. Donde sea, donde se pueda El asedio, de Arturo Pérez Reverte Esta es la sabiduría de Felipe Mojarra, salinero, de la Isla, de barro hasta las rodillas y que pelea contra el francés, en el año de 1811, en la Bahía de Cádiz, sin saber por qué. Y esa es la que buscaré compartir con vosotros cada mañana desde este rinconcito de la red. ¡Qué gusto volver a escribir!