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La reina madre

A la Hidroterapia a la que fui se entraba por una puerta en la que ponía cuidado con el escalón, pero estaba mal, porque debería poner cuidado con la de señoras que te vas a encontrar ahí dentro flotando en el agua caldosa. Porque lo primero que ves, porque es que se te van los ojos, es a un especimen con gafas, pero no de piscina, sino de las de ver, de pasta, mascando chicle y con un gorro de ducha flotando sentada gracias a un flotador especial y haciendo así con los brazos como si la flotación dependiera de ello, justo en el medio de la piscina, y dirigiendo un coro de otras cinco mujeres, las cuales se atropellan unas a otras en la conversación, como rivalizando a ver quien grita más.

Mira, un hombre, hacedle sitio chicas, dijo la reina madre al verme tropezar con el escalón, pese a la advertencia.

A ver cómo te metes ahora en la piscina y te pones a mover la pierna. Yo retrasé el momento tanto como pude, hablando con la fisio, preguntandole cómo va esto, aquí está el volante, donde me cambio, que hay que hacer, pero de verdad tengo que meterme ahí dentro con esas focas, y ella que sí, que sí, venga, que al principio da un poco de vergüenza pero luego te acostumbras.

Del vestuario solo salí cuando habían pasado veinte minutos, nunca había tardado tanto en colgar mis pantalones de la percha, y se habían ido casi todas, que lo noté por la bajada de decibelios.

Todas, menos la reina madre.

- van pa cá, jodido, dijo, a tí que te pasa, yo una hernia tengo.

Y me juré no abrir la boca.

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